Y tú, ¿por qué trabajas?

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Aurea Benito. Corporate People Director. ISDIN.

Y tú, ¿por qué trabajas?

10/10/2022
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Responder con ironía o con un chascarrillo a esta pregunta es casi instintivo. Lo cierto es que la concepción del trabajo ha mutado a lo largo de la historia: ha pasado de ser concebido como un castigo a formar parte de nuestra identidad y a que nosotros busquemos en él parte de nuestra felicidad. Pero, realmente, ¿podemos encontrar la felicidad en el trabajo? Si damos forma a nuestro propósito y vinculamos nuestro trabajo a él, seguro sabremos contestar a la pregunta de ¿por qué trabajas? sin tirar de sarcasmo.

Tal vez te ha venido a la cabeza de forma casi automática una salida irónica tipo Todos seríamos más felices si trabajásemos de lo que nos gusta. En mi caso es muy difícil encontrar trabajo de macarrones con queso. Y es que una respuesta sarcástica a esta pregunta está profundamente arraigada en nuestra cultura. Al fin y al cabo, la concepción del trabajo como castigo se remonta a la antigua Grecia. Platón, Aristóteles y los clásicos pensaban que sólo el ocio creativo era digno del hombre libre. Este pensamiento aún impacta en cómo la sociedad lo ve hoy: un medio para un fin. Históricamente “trabajo” se asocia a sufrimiento e incluso a maldición: Te ganarás el pan con el sudor de tu frente. Aunque algunos hayan entendido: Con el sudor del de enfrente ;).

Pero la etimología lo deja bien claro: En griego “ponos” indica un gran esfuerzo de larga duración. En latín “labor” significa vacilar bajo un gran peso. En castellano “trabajo” y sus equivalentes en lenguas romances (travail, trabalho, trevall, travaglio) deriva del latín tripalium (tres palos), una especie de cepo de tres palos que servía para sujetar a los bueyes a fin de ponerles herraduras y fue utilizado como instrumento de tortura para castigar a los esclavos y a los reos. En inglés, la palabra labor es originariamente sinónimo de torment o agony. También en ruso la palabra rabota (trabajo) procede de la raíz rab (esclavo). Y algo similar ocurre en rumano, macedonio, ucraniano, polaco, búlgaro, checo y eslovaco. Así llegamos al siglo XVIII donde la noción de trabajo está asociada a una contraprestación económica, surgiendo nuevas socarronerías del tipo: ¿Qué sueldo tienes?

* Sueldo cebolla: lo ves, lo agarras… y te pones a llorar.
* Sueldo ateo: ya dudas de su existencia.
* Sueldo mago: haces un par de movimientos y ¡desaparece!

¿Dónde estamos hoy? La tendencia es incorporar el trabajo como elemento de identidad personal y fuente de felicidad y por ello surgen nuevos modelos laborales como el job-crafting, el job-sharing o la gig-economy. Antes de que digas si el trabajo es felicidad, entonces que trabajen los infelices, veamos estos nuevos enfoques:

Job-crafting, ¿Cuántas veces has dicho: odio mi trabajo? El job-crafting te permite adaptar tu trabajo a ti y no al revés hasta convertir un trabajo que te disgusta en una pasión. Craft significa arte, así que job-crafting es una invitación a hacer de tu trabajo un arte, moldeándolo, personalizándolo y co-creándolo para una mayor contribución y satisfacción.

Job-sharing, o trabajo compartido. Al estilo de Michael Keaton en Mis dobles, mi mujer y yo donde se clona a sí mismo para llevar a cabo las mil facetas de su vida y suplirle cada vez que lo requiere. Obviamente no se trata de clonarnos, sino de que dos personas compartan un mismo puesto de trabajo en la organización. Claro que, quien dice compartir dice dividir, pues se comparte el horario, las responsabilidades y el sueldo. Un poco como: Hoy en la oficina hemos trabajado por 2. ¡Menos mal que éramos 4!

Gig-economy: gig es un concepto utilizado en el mundo musical para referirse a las actuaciones cortas. Extrapolándolo al mundo laboral «gig economy» hace referencia a trabajos esporádicos de corta duración. Amazon, Apple o Uber utilizan mucho este tipo de formato también conocido como modelo Hollywood, inspirado en la manera de trabajar de los grandes estudios de la meca del cine cuando hacen una película. Se contrata al director, productor, actores, maquilladores, etc. ad hoc para el proyecto y, al terminar la película, las personas se dispersan y pasan a conformar otro proyecto.

Y tú, ¿por qué trabajas? ¿Como obligación o como una forma de realizarte en la vida? Ahora que nos enfrentamos a crisis complejas de salud, sociales, económicas y ambientales, estar fuertemente conectados con una respuesta positiva a esta pregunta nos lleva a vidas más plenas y felices. Todo se reduce a una simple decisión: puedes elegir ver el trabajo como un mal necesario para vivir o, por el contrario, puedes escoger verlo como el poeta ruso Boris Pasternak: El trabajo ayuda siempre, puesto que trabajar no es realizar lo que uno imaginaba, sino descubrir lo que uno tiene dentro. La elección es tuya. Simple, sí. Fácil, posiblemente no, lo que la hace infinitamente más interesante. Por supuesto todo trabajo merece un salario y ésta es una razón fundamental y de mucho peso para salir a trabajar, pero no es la única. Es posible que conozcas la historia de los tres picapedreros y la catedral. Tanto si la conoces como si no, deja volar tu imaginación y retrocede en el tiempo a aquella Europa de la Edad Media que se afanaba en la construcción de sus espléndidas catedrales góticas. Uno de los trabajos más sufridos, pero a la vez más cardinales sucedía en las canteras, donde se esculpían las piedras que luego conformarían las maravillosas catedrales. Nos vamos a una de esas canteras, donde vemos a tres picapedreros trabajando, martillo y cincel en mano, hasta dar forma a las gigantescas  rocas. Los tres están cubiertos de polvo y sudan copiosamente. A los tres les hacemos la misma pregunta: ¿Qué haces? El primero nos responde: Pico piedras. Entonces indagamos: ¿Y estás contento? Nos confiesa mientras aprovecha para echar saciar su sed: No me puedo quejar, no me pagan mal del todo y puedo salir adelante. Nos acercamos entonces al segundo picapedrero y le volvemos a preguntar: ¿Qué haces? Nos contesta: Pico piedras. Al igual que con el primero queremos saber: ¿Y estás contento? Se apresura a decirnos: Sí. Me pagan a tanto la pieza y como soy el más rápido y diestro, me dan las piezas más difíciles, me siento reconocido y me gano también un sobresueldo. Por último, nos dirigimos al tercero con las mismas palabras: ¿Qué haces? El picapedrero levanta la mirada, y con una sonrisa de oreja a oreja y los ojos brillantes nos dice: Estamos construyendo una catedral, algo de lo que mis hijos y los suyos se sentirán orgullosos. Viendo la satisfacción que irradia su expresión, no le tenemos ni que preguntar si es feliz. El viaje en el tiempo termina mientras nos alejamos de la cantera, admirando la silueta que ya vislumbramos de la catedral.

Conocer lo que te motiva y actuar en sintonía con ello es un acto de lealtad personal. Si, al igual que al primer picapedrero, lo que te motiva es el dinero, está bien. Después de todo, es el factor necesario pero no suficiente más importante, ya que nos permite sabernos autosuficientes y nos da independencia. Si en la vida sólo trabajas por un sueldo, posiblemente te identifiques con esta frase: Realmente necesidad de trabajar no tengo… De dinero sí, pero de trabajo no.  Si bien como ya lo descubriera hace décadas Frederick Herzberg conocido por la Teoría de los dos factores que orientan el comportamiento de las personas, un aumento de los ingresos causa mucha satisfacción en el corto plazo, pero esa satisfacción raramente dura en el largo. Los dos factores de su teoría son:

(1) Motivación: Logros, Reconocimiento, Independencia, Responsabilidad, y Promoción; estas dimensiones aumentan nuestra satisfacción, pero no actúan sobre la insatisfacción.

(2) Higiene: Salario, Política de empresa, Relaciones con los demás, Ambiente físico, Supervisión, Status, Seguridad laboral, Crecimiento, Madurez y Consolidación. Si estos factores faltan o son inadecuados, causan insatisfacción, pero su presencia apenas tiene efecto en la satisfacción a largo plazo.

Si te identificas más con el segundo picapedrero y también te motivan el aprendizaje, el reto y el reconocimiento probablemente te reconoces como aprendiz eterno mientras percibes cómo se ensanchan tus horizontes. Sientes la adrenalina ante el desafío para resolver un problema difícil. Y disfrutas con el justo reconocimiento a tus logros. Cuando nos sumergimos en una actividad que nos apasiona, emerge todo nuestro talento y nos sentimos bien como seres humanos.

Si has conectado con el tercer picapedrero, si lo quieres todo, salario justo, reto, aprendizaje, y sobretodo, te mueve el propósito, el significado y el impacto, entonces estás en otro nivel y te sentirás profundamente feliz por saberte constructor de catedrales, desplegando toda la magia que hay en ti. Porque cuando te mueve el propósito, necesitas sentir que tu trabajo tiene impacto, un impacto alineado con lo que te importa de verdad: ayudar, servir, dejar huella y contribuir a un mundo mejor. Y entonces sucede algo extraordinario: tus pensamientos rompen sus ataduras, trasciendes tus límites, te conectas con tu esencia y descubres que eres una persona más grande de lo que nunca soñaste ser.

Lo maravilloso es que independientemente de a qué nos dediquemos, siempre podemos elegir nuestro propio propósito y considerar cómo nuestro trabajo está conectado con él. Esta perspectiva ha dado forma a cómo veo mi propio trabajo. Quiero dejar un legado inspirando a otras personas para que desarrollen todo su potencial a través de conversaciones enriquecedoras, generando espacios de diversión, crecimiento y respeto. Me encanta reír y agradezco crear momentos para la risa compartida en nuestro día a día, pero risa de verdad, no como el protagonista de esta anécdota: Un empresario invitó a sus colaboradores a una comida y durante su discurso contó un chiste que provocó grandes carcajadas en todos los asistentes menos en uno. El empresario le preguntó, sorprendido: “¿Es que a usted no le ha hecho gracia?” La respuesta, alta y clara: “A mí me ha hecho la misma gracia que a todos los demás, pero es que yo me jubilo mañana”. Bromas aparte, conectar lo que hacemos todos los días con un mayor sentido del por qué y para qué lo hacemos, nos infunde energía, motivación y dirección y nos hace personas más felices. Como dice Víctor Hugo  El trabajo endulza siempre la vida, pero los dulces no le gustan a todo el mundo. Cierto, no todo el mundo somos capaces de apreciarlo, tal vez sea un gusto adquirido, pero el viaje vale la pena.

Y tú, ¿por qué trabajas? 

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