De donaciones y trasplantes: #Objetivo0

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Septiembre 2019
De donaciones y trasplantes: #Objetivo0
Por
Georgina Salgado Altieri. CEO. Caja Alta Edición & Comunicación.

En España, cerca de 6.000 personas se encuentran en lista de espera. Pero no de una lista de espera cualquiera, sino de una de las más angustiosas posibles: la de recibir un órgano que necesitan para garantizar su supervivencia. De ellas, entre 500 y 600 morirán, al no recibirlo.


En este ámbito, podríamos hablar de las cifras como en esos chistes (sin que este asunto lo sea en absoluto) en los que se cuentan dos noticias: una buena y otra mala.

La buena: Nuestro país lleva 27 años consecutivos liderando con orgullo el ranking mundial en trasplantes y donaciones de órganos y, de hecho, en los últimos 5 se ha registrado el mayor incremento de la historia en la tasa de donación ―nada menos que un 37 %―, pasando de 35,1 a 48 donantes por millón de población (p. m. p.), esto es, un total de 2.243 donantes durante el pasado año (2018), superando los 2.183 del 2017. En cuanto a la tasa de trasplantes, la cifra es de 114 p. m. p. ―lo que se traduce en una media de casi 15 trasplantes diarios―1.

La mala: Cada día fallecen, de media, dos personas entre nuestras fronteras, tras una agónica espera de un órgano compatible.
¿Es posible evitarlo? ¿Podemos hacer algo más para reducir esas cifras todo lo posible?

Regulación legislativa en materia de trasplantes, entorno europeo y mundial
La legislación española sobre esta cuestión data de hace casi cuarenta años. Dos son, en concreto, las normas que rigen al respecto: la Ley de 27 de octubre de 1979, sobre extracción y trasplante de órganos, y el Real Decreto 426/1980, de 22 de febrero, que desarrolla dicha ley.

En la citada normativa, se refleja una postura muy avanzada para la época, teniendo en cuenta que países teóricamente más modernos que el nuestro están aprobando ahora leyes idénticas a la española, como la que el Senado holandés sancionó a principios del pasado año, pero que no entrará en vigor hasta el 2020.

De forma muy resumida, nuestra legislación establece que todos (los mayores de 18 años) somos donantes, salvo que en vida hayamos expresado lo contrario2, por lo que, en principio, todos somos candidatos a ello. Esta figura se conoce como “donante presunto”, y es la que ahora mismo existe ―en parte o en su totalidad― en 20 de los 28 países de la Unión Europea (UE), imitando el modelo español, como es el caso de Croacia, Portugal, Italia, Francia, Portugal o la República Checa.

Sorprendentemente, Alemania, un país cuya relevancia en el seno de la UE resulta indiscutible, ocupa el último lugar en el ranking europeo de tasas de trasplantes. O quizá no resulte tan sorprendente si se tiene en cuenta que en él rige una normativa nada favorable al respecto y que continúa vigente mientras no vea la luz el proyecto de ley presentado en abril por el ministro de Sanidad, y con la que se pretende cambiar el curso de su pésima historia en este ámbito, pues con ella en marcha, todo ciudadano alemán mayor de 16 años se convertiría automáticamente en donante, en caso de fallecimiento, salvo que hubiera manifestado previamente su oposición explícita por escrito. En la actualidad, y desde hace muchos años, en este país rige lo contrario, esto es, se requiere el consentimiento escrito previo del donante o de los parientes de primer grado a favor de la donación, lo cual no la propicia en absoluto. Además, el país se vio hace pocos años salpicado por un escándalo que demostró la existencia de una red de corrupción en varios hospitales importantes, donde se falsearon historiales médicos de pacientes para adelantarlos ilegalmente en las listas de espera. Este hecho debería hacer reflexionar aún más a los alemanes sobre el origen último de tales artimañas y si podrían evitarse o, al menos, aminorarse, de existir una postura legislativa (y humana) más favorable a las donaciones y los trasplantes.

De vuelta a las tasas, comprobamos que, según los últimos datos de la ONT, en la UE, la media de trasplantes es de casi 67 p. m. p., lo que supone poco más de la mitad que la española; en el caso de Latinoamérica, región con la que nuestro país colabora activamente desde hace años, la tasa de donación media se sitúa en poco más de 9,5 p. m. p., cifra que tiene de positivo ser superior a las de años anteriores y en la que se continúa trabajando para que siga creciendo. Apenas delimitados por una frontera, observamos diferencias que resultan abismales: mientras México cuenta con una tasa de 4,5 p. m. p., Estados Unidos goza de un nada desdeñable casi 32 p. m. p. Uruguay (18 p. m. p.), Brasil (16,3 p. m. p.) y Argentina ( 13,4 p. m. p.) son los países que lideran el todavía inmaduro ranking latinoamericano. A casi un día de vuelo desde nuestro país, Australia ―que ha recibido asesoramiento español, al igual que Canadá― ha visto incrementarse su tasa hasta los casi 21 p. m. p.; y los canadienses, por su parte, han registrado casi un 22 p. m. p. Especialmente desolador resulta, frente a estas cifras, el dato de Rusia, que cuenta con una tasa de donantes de apenas 4 p. m. p.

Aplicación práctica de la normativa
Si bien el principio de “consentimiento presunto” que rige legislativamente en nuestro país y en un número cada vez mayor ―afortunadamente― resulta claro y contundente, el “problema” radica en su aplicación práctica, pues cada país lo materializa de diferentes maneras.

Así, en el caso español, si bien teóricamente se podría proceder a la extracción de los órganos del fallecido una vez el coordinador de trasplantes haya verificado que la persona no expresó en vida su oposición a donar por cualquier medio ―incluso de forma verbal a su entorno familiar―, en la práctica no funciona así, y la familia del fallecido siempre es consultada y es la que tiene la última palabra, de modo que, si esta se opone, nunca se procede a la extracción de los órganos.
Sin embargo, en otros países, no se procede de igual manera. En el caso de Holanda, por ejemplo, la polémica está servida, toda vez que se podrá proceder a dicha extracción una vez que se haya certificado que la persona fallecida no se inscribió, de forma expresa, como no donante, en un registro creado al efecto, por lo que no se tendrá en cuenta ―al menos, aparentemente― a la familia.

#Objetivo0
Desde estas líneas, quien suscribe ofrece de forma desinteresada este lema para nuestra maravillosa ONT. Sería, desde luego, la cifra ideal: ningún fallecido por no haber recibido a tiempo el órgano (o los órganos) que necesitaba. Considéreme el lector una ilusa, pero soñar es gratis, y estoy convencida de que, entre todos, podemos lograrlo.

Desde el sector institucional, son muchas las entidades ―privadas y públicas― que podrían apoyar, con parte de sus propios recursos, muchos o pocos (todo suma), esta posible campaña: laboratorios farmacéuticos, consejerías de sanidad, asociaciones…

Desde el ámbito ciudadano, la iniciativa más eficiente podría ser el práctico boca-oreja.

En ambos casos, la comunicación (gráfica, escrita o verbal) sería la clave. Pero veamos en qué se concretaría exactamente en ambos casos.

En el primero, ¿qué tal un respetuoso póster plastificado (para que dure lo máximo posible) cerca de las unidades de cuidados intensivos (UCI) de los hospitales? Al fin y al cabo, ahí es donde, en principio, más posibilidades hay de que se produzcan fallecimientos, y es el entorno en el que los familiares esperan (im)pacientemente esos pocos minutos de los que se suele disponer, dos veces al día, para visitar a su familiar ingresado. De este modo, se les recordaría amable y ―sí, aunque suene repetitivo― respetuosamente que, si conocen la voluntad de su ser querido, y esta es a favor de la donación, está en sus manos comunicárselo a los profesionales sanitarios, pues, en la práctica, y por unas u otras razones (baste imaginar un escenario, a las puertas de una UCI, donde una familia acaba de ser informada del fallecimiento de su familiar, y solo acierta a llorar amargamente o a protagonizar las diversas escenas de dolor que más de un lector habrá podido ver de cerca), la propuesta de donar los órganos se queda en la punta de la lengua del profesional sanitario al que le ha tocado comunicar la nefasta noticia. ¿El resultado? Un fallecido en la UCI y varios pacientes de la lista de espera que no han tenido la oportunidad de recibir alguno de los muchos órganos, miembros y tejidos que se pueden obtener de un donante cadáver, además de todas sus familias rotas de dolor.

Pero el abanico de iniciativas que pueden lanzarse desde las distintas organizaciones es inmenso, en un mundo en el que la información viaja casi a la velocidad de la luz gracias a Internet, y en el que muchos millones de personas acceden a diario a páginas webs y redes sociales en las cuales podrían encontrar propuestas o “recordatorios” de las más diversas formas.

En el caso de los ciudadanos, el famoso boca-oreja comenzaría en el mismo momento en el que los lectores de este artículo aprovechen la primera ocasión que puedan para ―si no lo hubieran hecho ya― informar a sus familiares de su deseo de ser donantes en caso de fallecimiento, y así evitar ponerles en un aprieto llegado el momento, hasta obtener la tarjeta de donante, física o digital, y totalmente gratuita, que facilita la ONT y puede obtenerse a través de las distintas coordinaciones autonómicas de trasplantes para el caso del formato físico, o de la web Eres Perfecto para Otros, para el de la tarjeta digital. Si, de paso, se corre la voz (oral o digitalmente) entre nuestras amistades y allegados, much than better!, como dicen los angloparlantes.

Comunica: si quieres donar tus órganos cuando ya no te hagan falta ¡dilo!

1 Según los últimos datos publicados por la Organización Nacional de Trasplantes (ONT), que este año ha celebrado su 30 aniversario.
2 En concreto, el texto legal señala que “la extracción de órganos u otras piezas anatómicas de fallecidos podrá realizarse con fines terapéuticos o científicos, en el caso de que los fallecidos no hubieran dejado constancia expresa de su oposición en vida”.