La edición médica en la era digital

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Abril 2017
La edición médica en la era digital
Por
Elena Fuica. Directora editorial. Grupo Saned.

Los textos sobre Medicina y sobre cómo curar enfermedades son tan antiguos como la humanidad y su interés por mantener la salud. En Egipto, los papiros de Ramesseum (año 1900 a.C.) ya describían recetas y fórmulas médicas, y el papiro Hearst, del año 1550 a.C. ya establecía tres grados de pronóstico, similares a los de la Medicina moderna: favorable, dudoso y desfavorable.


Incluso en el 2.700 a.C., también en Egipto, aparecían las primeras referencias al funcionamiento del corazón y al aparato circulatorio. Y algo similar sucedió en otras muchas culturas como la hindú, la china, la griega o la precolombina.

Así que no pensemos que hemos inventado nada nuevo. Mucho antes de que en la Edad Media aparecieron las primeras escuelas de Medicina, tanto cristianas como árabes, y por tanto, los primeros “profesionales” de la Medicina con estudios universitarios, los especialistas en salud, necesitaban estar al tanto de las novedades y avances que se producían en su campo científico. El interés de los profesionales médicos por compartir conocimiento con sus colegas data de tiempos inmemoriales, y sin duda, la invención de la imprenta en el siglo XV no vino más que a facilitar esa difusión de la ciencia: ya no era necesario esperar a que un copista reprodujera un manuscrito para poder colocar el libro en la biblioteca y utilizarlo como obra de consulta.

Y claro, con la imprenta aparecieron las editoriales, también las especializadas en Medicina. Durante el siglo XX este tipo de empresa editorial médica floreció y prosperó en España, y se mantuvo en un cómodo nicho de mercado donde la forma de transmitir el conocimiento estaba claramente establecida y respondía siempre a unos cánones predeterminados de antemano y que no evolucionaban. El libro, la revista científica, el manual, la monografía, el atlas… eran los reyes, y con pocas variaciones, eran los únicos tipos de obras científicas que producían las editoriales, evidentemente, impresas en papel. El editor evaluaba la calidad científica de la obra y del autor de la misma (habitualmente solamente publicaban profesionales de reconocido prestigio), y después decidía si publicar en lujo o en rústica, el formato y la tirada. Un proceso conocido y estático que prácticamente no había evolucionado en cerca de 500 años.

A partir de los años 80 del siglo pasado este proceso conocido y poco dado a la evolución se complicó un poco más. Muchas de las obras científicas comenzaron a ser propuestas y patrocinadas por los laboratorios, y pasaron a formar parte de la estrategia de comunicación por lo que comenzaron a crearse nuevos formatos para transmitir la información: casos clínicos, monografías, cursos no presenciales, consensos, etc. Pero solo había un tipo de soporte, el papel, y un tipo de comunicación: la verbal escrita.

Complejidades de la edición médica moderna
Con la irrupción de las nuevas tecnologías, hasta el tradicional mundo editorial ha sufrido una importante transformación, en la que ni los profesionales de toda la vida saben cuál será el próximo avance. Desde hace más de un lustro Liber, la feria del libro más importante de Europa, está convocando foros y debates para intentar adivinar cuáles van a ser las próximas tendencias, y el resultado es el desconcierto y la falta de pistas sobre cuál será el futuro de la edición.

La edición médica no es para nada ajena a este cambio. Empresas tradicionalmente editoriales como Grupo Saned se han tenido que reinventar para poder dar el servicio que precisan sus clientes. El editor ya no puede tomar decisiones “de manual” como hasta hace 20 años, sino que se encuentra con desafíos para los que habitualmente no existe una única solución válida.

Un producto editorial médico actual puede difundirse en papel (y entonces hablaremos de formato de impresión, de número de páginas y pliegos, de gramaje de papel y de tirada); pero también puede adoptar la forma de un curso digital online, y entonces tendremos que hablar de plataformas de eLearning, de compatibilidades SCORM, de programación HTML5, de eBooks de diferentes formatos, de aplicaciones para dispositivos móviles nativas o adaptativas, de diseño y programación de páginas web… Y esos productos editoriales ya no se basarán única y exclusivamente en la palabra, sino que requerirán de elementos multimedia y transmedia (vídeos, infografías animadas, locuciones, subtítulos), de podcasts, de retransmisiones en directo a través de webinars, etc. Un editor médico actual es como un malabarista capaz de mantener 5 bolas en el aire para conseguir tomar las decisiones correctas para conseguir el producto editorial que ofrezca una mejor respuesta a autores, lectores y patrocinadores. Y es entonces cuando el editor se reconvierte en consultor, y su labor se vuelve sustancialmente más compleja por el tipo de decisiones que debe adoptar y la cantidad de información tecnológica, en muchos casos ajena a su experiencia “tradicional” que debe manejar.

Y aunque manejar todos esos nuevos conocimientos digitales conforma gran parte del reto del nuevo editor médico, no debe hacernos perder el foco de nuestro trabajo. Ser capaces de coordinar equipos multidisciplinares no puede hacernos olvidar que el centro de nuestro trabajo es conseguir transmitir conocimiento desde el autor al lector, y proporcionar la mejor calidad posible al producto final. Pensar en tecnologías avanzadas para dotar de “novedad” al resultado no puede restar claridad a los mensajes, no puede “embarullar” el contenido, no puede convertir en una misión imposible entender el contenido de la obra editorial que estamos produciendo. Al final, todo se reduce al tradicional esquema autor – mensaje – lector, y todo lo que perturbe esta relación directa implicará un mal desempeño de la labor editorial.

Considero que “digital” no deja de ser un apellido para la palabra “edición”. El editor médico debe ser capaz de adaptarse a las nuevas exigencias del mercado, pero también debe mantenerse centrado para seguir cuidando el contenido, independientemente de cómo se plasme y de los elementos transmedia y multimedia que pueda incorporar. Reconozcamos los límites de la innovación. Los profesionales médicos seguirán necesitando conocer la manera óptima de realizar la anamnesis, el diagnóstico, el tratamiento y el seguimiento de un enfermo. Las variaciones editoriales sobre cómo hacerlo son limitadas y ya están inventadas: casos clínicos, consensos, manuales, monografías o X razones para utilizar “…”. Podremos cambiar el título, el soporte, el formato y los aditamentos en forma de imagen, sonido o animaciones. Pero en el fondo, el verdadero reto al que nos enfrentamos es al de seleccionar de entre esta inmensa cantidad de variaciones la que de verdad dé respuesta a las necesidades del profesional sanitario de obtener información, formación e interacción con el resto del colectivo.

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